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Cuando
un paciente solicita los servicios profesionales
de un médico, le encomienda su salud y,
muchas veces, su vida. Este es un acto de confianza
y hasta de fe. La mayoría de usuarios desconoce
que detrás de esa cita médica hay
todo un complejo mundo económico, que si
comprendiera, tal vez le produciría desconfianza
y escepticismo.
Prácticamente
todos los contactos médico-paciente están
mediados por un contrato. Hay un asegurador (ARS,
EPS, Compañía de Medicina Prepagada
o ente territorial) que le paga a un prestador
(ESE, IPS, centro de salud u hospital) por atender
a una población. Hay múltiples contratos:
por capitación, por evento o por pago global
prospectivo, entre otros.
Buena
parte de los problemas del sector salud en la
actualidad tienen su origen en esas contrataciones.
Muchos aseguradores se comportan según
el adagio popular que dice “el que tiene
la plata, pone las condiciones”, e imponen
contratos que los prestadores de servicios de
salud aceptan de manera irresponsable. Por eso
se está dando una guerra de tarifas que
se asemeja mucho a la “guerra del centavo”
que por años libraron los conductores de
buses en Bogotá. Los manuales tarifarios
del sector salud, el del ISS y el Soat, se han
convertido en referentes, pero para los descuentos.
ISS menos el 30% o el 40% ó Soat menos
el 20% son las tarifas que se “pactan”
en el mercado. En no pocos casos, los costos de
prestar un servicio son más altos que las
tarifas pactadas. A esas tarifas los prestadores
buscan “desquitarse” sobrefacturando
al asegurador, y a sabiendas de que esto va a
suceder, las administradoras de planes de beneficios
se preparan con verdaderos ejércitos de
auditores, obligando a las IPS a hacer lo mismo.
Y
como dice el dicho “en pelea de elefantes,
la que pierde siempre es la hierva”, y en
este caso el que pierde siempre es el usuario,
el actor fundamental, que sin embargo se encuentra
ausente en casi todas las negociaciones y su capacidad
de influir en éstas es prácticamente
nula.
Muchas
relaciones entre aseguradores y prestadores parten
de la mala fe, de la desconfianza. Ambos actores
tienen la “percepción” de que
el otro no hace las cosas bien. La administradora
de planes de beneficios con frecuencia encuentra
la “no pertinencia” de un procedimiento
o no reconoce una atención por la ausencia
de un papel… Esto ha llevado a un aumento
en los costos de operación de las IPS,
pues ha adicionado a su planta de personal batallones
de auditores, gloseros, facturadores y cobradores.
Por citar un solo caso, el Hospital Universitario
San Vicente de Paúl se ha visto precisado
a incrementar su planta de personal en 120 personas,
dedicadas a temas como contestar objeciones y
glosas.
La
primera baja de esa guerra entre prestadores y
aseguradores es la calidad. Pues en su afán
de contener costos, unos y otros establecen infranqueables
barreras de acceso para que los usuarios no demanden
servicios. Pareciera que el lema de algunas compañías
del sector sea: “Estamos en esto sólo
por el dinero”.
Ante
esta realidad, la capacidad de inspección,
vigilancia y control del Estado es prácticamente
nula, pues ni la Supersalud ni las direcciones
seccionales de salud cuentan con los recursos
técnicos y humanos y, sobre todo, carecen
de la voluntad política de convertirse
en los defensores de los desamparados usuarios.
En esencia, los dos pilares fundamentales de un
contrato son: la prestación de un servicio
y pago por él. Pero en la práctica
se da la atención, pero no el pago. Así
lo demuestra el hecho de que en una muestra de
113 instituciones, a junio de 2005, las deudas
a los hospitales y clínicas ascienden a
1.3 billones de pesos, de los cuales 183 mil millones
los deben las EPS públicas (fuente ACHC).
En
Colombia se contrata mucho, pero se negocia muy
poco. Si acaso, la mayoría de las veces,
lo único que se negocia es el precio y
la forma de pago. El proceso se realiza de afán
y bajo presión. No se cumple lo acordado.
Se negocia sin información o con información
escasa y poco confiable. No existe ni capacidad
ni voluntad para negociar. Y en algunos casos
el proceso se lleva a cabo en presencia de altos
niveles de corrupción.
Por
eso, una tarea pendiente y urgente es la de construir
acuerdos y contratos sensatos, equilibrados y
duraderos, donde prime la confianza, la buena
fe, la transparencia y donde se premie y estimule
la calidad, la calidez y el servicio al usuario.
En estos acuerdos el faro debe ser el de ceder
ante los argumentos y no ante las presiones. Lo
anterior demanda una profesionalización
de las negociaciones en salud, para que estas
se hagan con base en estudios de costos y no a
partir del regateo tarifario.
En
suma, es prioritario retomar una ética
de la gestión de la salud, donde prime
el ser humano y no la factura o la glosa, donde
se manejen de manera costo-efectiva los escasos
recursos y donde se premie el valor agregado y
se castigue la simple intermediación. Los
contratos que se pacten a la luz de esta ética
requieren una comunicación permanente y
efectiva entre asegurador y prestador, un ambiente
de trabajo gratificante, una relación basada
en la cooperación, unas reglas de juego
definidas y un marcado interés por el servicio.
Estos
nuevos contratos deben velar por la administración
conjunta del riesgo, por consolidar alianzas,
por fidelizar usuarios, por lograr “posicionamiento”
de prestador y asegurador, por trabajar en procura
de la universalidad y la solidaridad. Así
lograremos la permanencia en el tiempo de las
instituciones del sector salud y un país
más saludable.
Henry
Rodriguez
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